HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

La historia que Melville no contó en «Moby Dick»

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El 20 de noviembre de 1820, la tripulación del «Essex», un barco ballenero con capacidad para veinte hombres, atisbó por la amura de babor un cachalote de veintiséis metros de longitud. Aquel leviatán, de ochenta toneladas de peso, el más grande que habían visto hasta ese momento, aguardaba a unas cincuenta brazas y los marineros podían distinguir con facilidad las cicatrices y marcas que recorrían su descomunal cabeza. Ninguno de ellos imaginaba el infierno que vivirían unos minutos después y cómo la leyenda de su supervivencia inspiraría al escritor Herman Melville una de las mayores aventuras de la literatura: «Moby Dick». El estreno este fin de semana de «En el corazón del mar», un filme de Ron Howard protagonizado por Chris Hemsworth y basado en el ensayo de Nathaniel Philbrick –que ha publicado en España la editorial Seix Barral–, recrea una de las mayores epopeyas marítimas de todos los tiempos, muy por encima de la proeza de Shackleton y la de William Bligh, el tiránico capitán de la «Bounty» que Christian Fletcher, su segundo oficial, abandonó en medio del mar.

Dos años antes, el capitán George Pollard, de 27 años, asumía el mando de una embarcación vieja pero resistente en el puerto Nantucket. No contaba con una experiencia de largas estancias en el océano. Provenía de una familia acaudalada de esta isla de Nueva Inglaterra que se había enriquecido con la caza de ballenas durante el siglo anterior. Su misión, partir hacia el Pacífico y volver con la bodega llena de barriles de aceite, imprescindible para iluminar las grandes capitales del mundo. La expedición dobló el Cabo de Hornos y ascendió por la costa hasta situarse a 1.500 millas al oeste de las Galápagos y unas 40 al sur del ecuador. En esa época, el mar todavía representaba una cartografía inexplorada y los marinos, aparte de navegantes, aún eran contemplados como audaces exploradores que se adentraban en una masa infinita y azul que guardaba en su interior innumerables riesgos y peligros, como muy pronto comprobó la dotación del «Essex».

Aquel día había amanecido con el cielo despejado, una brisa tranquila y un sol que iluminaba la superficie del agua. Nada auguraba la desgracia que sobrevendría poco después, cuando avistaron un banco de cachalotes. Los hombres arriaron los botes y se lanzaron a la caza de los mamíferos. Poco después de haber matado a dos de ellos, repararon en uno de los ejemplares que aguardaba en la superficie vigilándolos y resoplando de vez en cuando. Después se sumergió y apareció a menos de quince brazas del casco con su cola de seis metros de ancho. Su extraño comportamiento alertó al responsable de cubierta, Owen Chase, que contempló con estupor cómo de repente el animal cogía más velocidad y embestía la nave abriendo una importante vía entre los tablazones. Los esfuerzos por evitar el choque no resultaron y tampoco cuando aquel macho volvió a cargar contra el maderamen, rompiendo de nuevo el armazón. Después agitó con fuerza su cola, subiéndola y bajando, hasta que el agua pasó por encima del espejo de popa, como describe en su obra Nathaniel Philbrick. Para que las cuadernas cedieran en los dos choques se estima que, a parte de mantenerse en mal estado, el cachalote debió impactar contra el armazón a una velocidad aproximada de nueve nudos. Los dos ataques –según Chase habían sido víctimas de un «daño deliberado y calculado»– habían sucedido en diez minutos. En ese tiempo, el «Essex» se escoró hacia uno de los lados y comenzó a hundirse. Se conservan noticias de barcos que se habían ido a pique por colisionar accidentalmente con estas bestias, pero era la primera vez en la historia que se documenta un ataque premeditado de un cachalote. Lo que resultó una desgracia y abría un infausto destino para los náufragos, se convirtió, muy poco después, en un infierno.

Sobrevivir o morir

El hundimiento sucedió a 0º 40’ de latitud sur y 119º 0’ de longitud oeste. Demasiado lejos de cualquier puerto y, por supuesto, de tierra. Los botes con la tripulación se reunieron alrededor de lo que quedaba del «Essex». Recogieron todo lo que iban a necesitar para sobrevivir en esas circunstancias. A partir de entonces comenzó una dura travesía que culminó en uno de los episodios más brutales que recuerda la historia. Cuando el vigía del ballenero Dauphin identificó una ballenera meciéndose a las olas y su responsable, el capitán Zimri Coffin, decidió rescatar esa embarcación a la deriva, jamás podían augurar el espectáculo que descubrirían. Según cuenta Philbrick, «primero vieron huesos –huesos humanos– esparcidos por los bancos remeros y el empanado, como si la ballenera fuese la guarida de una feroz bestia que comiese carne humana. Luego vieron a los dos hombres. Se hallaban acurrucados en extremos opuestos del bote, la piel cubierta de llagas, los ojos desorbitados, las barbas cubiertas de sal y sangraza. Estaban chupando el tuétano de los huesos de sus compañeros muertos. En vez de saludar a sus salvadores con una sonrisa de alivio, los supervivientes, que deliraban debido a la sed y el hambre, no podían hablar, parecían molestos, incluso asustados. Agarraban celosamente los huesos astillados y roídos con una intensidad desesperada, casi animal, negándose a soltarlos; parecían perros hambrientos que se encontrasen atrapados en un pozo». ¿Qué había sucedido? 

Desde que el «Essex» acabó sumergiéndose en medio del oleaje habían transcurridos 95 días –la mayor permanencia en mar abierto que había soportado ningún hombre en esas circunstancias–. Aparte de las enfermedades que tuvieron que soportar, para mantenerse vivos, la tripulación comenzó a devorar a los muertos. Al comienzo, los marinos que fallecían eran amortajados y arrojados al fondo del océano con el correspondiente rito, pero las semanas diluyeron los convencionalismos y pronto tuvieron que recurrir al canibalismo. La desesperación condujo a que se sorteara quién debía ser el próximo en morir y quién debía ajusticiarle para que el resto siguiera alimentándose. Al final, los sobrevivientes fueron ocho (contando tres que decidieron quedarse en una isla pequeña, sin apenas recursos para mantenerse). En la barca que halló el Dauphin sólo había dos: Pollard, el capitán, y Ramsdell. Lograron salvar el pescuezo comiéndose a sus camaradas. Benjamin Lawrence, Owen Chase y Thomas Nickerson también recurrieron al canibalismo. Los encontró un mercante de bandera inglesa: el «Indian». Estos dos últimos escribirían en relato de lo que había ocurrido –el de Nickerson apareció hace relativamente poco, en 1960, en un desván de Penn Yan, en Nueva York–.

El hombre más impresionante

Herman Melville, que también sirvió de ballenero y se enroló en embarcaciones que arribaban en Nantucket, conoció los relatos de Owen Chase y Thomas Nickerson. Él mismo coincidió con ellos, pero a quien más admiraba, y dejó testimonio de ello, fue a George Pollard: «Para los isleños era un don nadie, para mí, el hombre más impresionante, aunque sencillísimo, incluso humilde, con el que jamás me haya encontrado». Esta tragedia le sirvió para escribir «Moby Dick», una obra propia, que trasciende el relato literal, pero en la que omitía el tabú del canibalismo. Una novela que fracasó en el momento de su publicación, pero que se publicó el mismo año que dos botes del ballenero Ann Alexander fueron destruidos por un cachalote. En 1851, todos coincidían. La caza indiscriminada de cachalotes había cambiado el comportamiento de estos animales y ya no dudaban en atacar a los barcos. Nacía Moby Dick.

Vía | La Razón

 

 
 
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