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El año mil

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La cercanía del año mil se vio acompañada de un temor suscitado por el capítulo XX del Apocalipsis de san Juan: el Anticristo aparecerá cuando hayan transcurrido los mil años en los que habrá estado encadenado, y el mal invadirá el mundo. A continuación el cielo se abrirá para el retorno de Cristo glorioso que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Era conveniente, pues, estar preparado para cuando llegara ese día y observar sus signos precursores. Una vez hubo pasado la fecha fatídica sin daño, los contemporáneos trasladaron sus temores y esperanzas al año 1033, en el que se cumpliría el milenario de la pasión de Cristo.

Insti mirant stella, «estos miran la estrella», dice el tapiz de Bayeux. Durante la Edad Media, los fenómenos celestes se consideraban señales de la voluntad divina. Siglo XI. Centro Guillermo el Conquistador, Bayeux.

El infortunio de los hombres

Como si de dar la razón al texto de san Juan se tratase, las desgracias fueron sucediéndose entre los años 980 y 1030 en forma de lluvia diluviana, inviernos interminables, inundaciones y plagas de langosta que provocaron escasez y hambre. Al mismo tiempo se multiplicaron os nacimientos de monstruos. El paroxismo alcanzó su punto culminante en los años 1030-1032 en el que la hambruna se adueñó de una parte de Europa hasta el punto de que la gente se alimentaba de hierbas y raíces y mezclaba la harina con arcilla blanca. El cronista Raúl Gabler refiere casos de antropofagia.

Llegada de Jesús a Jerusalén. Fresco catalán del siglo XII en el museo de Vich

En otros momentos fue la enfermedad la que diezmó a la población. Los infortunios de la época se vieron acompañados por el paso de cometas, eclipses de sol, combates de estrellas, lunas de sangre, caídas de meteoritos y la aparición de dragones en el cielo. Incluso los acontecimientos políticos sugerían la presencia del Anticristo, ya que en 997 Almanzor destruyó Santiago de Compostela y el califa al-Hakam inauguró en Egipto una política anticristiana ordenando destruir el Santo Sepulcro de Jerusalén. Convencidos de la inminente llegada de Cristo a la tierra, llamada parusía por los teólogos, grupos de peregrinos se encaminaron hacia Jerusalén con la esperanza de morir o presenciar allí la llegada de Cristo. Parecía como si el huracán arrastrase incluso a la iglesia.

El mundo en el año mil, según los Comentarios del Apocalipsis del Beato de Liébana. Siglo XI, BNF.

Y, sin embargo, ni el año mil ni el 1033 trajeron la parusía o el fin del mundo. Una sensación de alivio embargó a todo el mundo. Una fiebre constructora se apoderó del pueblo cristiano y la vida recobró sus derechos. Un gran movimiento de expansión impulsó a occidente desde principios del siglo XI hasta mediados del siglo XIII.

La conquista del suelo

Entre los años 1000 y 13000 una temperatura media más elevada y una mayor sequía propiciaron el cultivo de tierras hasta entonces abandonadas. La mayor parte de las roturaciones se hicieron de forma discreta y anónima: el campesino desbrozaba algunas áreas en el bosque o en el terreno baldío limítrofe. Más espectaculares fueron las empresas de colonización que implicaban la creación de nuevas poblaciones, cuya toponimia conserva la memoria, como Villanueva, Villafranca… Un señor deseoso de rentabilizar una tierra inculta reunía a un equipo de colonos roturadores a los que proponía unas condiciones ventajosas; otras veces, eran dos señores los que se asociaban y compartían los beneficios de la tierra: era lo que se llamaba “acuerdo de condominio”.

Los campesinos más acomodados tenían escardadores de hierro para quitar las malas hierbas. Sus ropas recogidas dejan ver las confortables calzas que usaban. Hunterian Psalter. Siglo XII.

Los campesinos diversificaron su producción, potenciaron los cultivos más aptos para el comercio, como la vid y el lino, e hizo su aparición la noción de beneficio. Sin embargo, la ganadería seguía estando descuidada. El ganado se dejaba suelto en las tierras en barbecho o en los rastrojos de las cosechas y los cerdos eran llevados a los bosques de robles, donde se alimentaban de hojas y bellotas.

El dominio señorial

Los avances técnicos realizados se vieron acompañados de un incuestionable crecimiento demográfico. El noventa por ciento de la población vivía de la tierra. En el transcurso del siglo XI se configuraron los distintos marcos sociales donde se ordenaba la vida de los hombres. En el señorío, los campesinos estaban sometidos al salir del castillo que era quien garantizaba la paz, impartía justicia, organizaba las vías de comunicación e instalaba los peajes. A cambio, exigía de los habitantes el pago de censos en especie o en dinero, o bien prestaciones de trabajo o personales. El campesino era más o menos libre según el peso de las cargas a las que estaba sometido. Incluso los que eran propietarios de sus tierras, los alodios, estaban bajo control señorial. En cuanto a los siervos personales, añadían a su dependencia territorial una dependencia doméstica hacia la persona de su señor a quien pertenecían desde su nacimiento y pagaban ciertas prestaciones como la mañería, que les permitía entrar en posesión de su herencia u otras para poder contraer matrimonio con una mujer no perteneciente al mismo señorío.

Los pueblos del año mil

Los primeros años del siglo XI constituyeron el escenario de un renacimiento urbano y así, cerca de una sede episcopal o de un monasterio o de un castillo, en un cruce de caminos o junto al paso de un río surgieron nuevas aglomeraciones urbanas, los burgos, cuyos habitantes, llamados burgueses desde fines del siglo X, se dedicaban a las actividades mercantiles y artesanales. Los burgos nacieron al abrirse los campos a los intercambios, ya que los mercaderes comercializaban los excedentes agrícolas y los artesanos satisfacían nuevas necesidades. Pronto se reagruparon en guildas para defender sus intereses y obtener de su señor las libertades necesarias para el ejercicio de su profesión.

Escena de la llamada Biblia Morgan, siglo XIII.

Paralelamente a la ciudad se consolidó el pueblo que, fijo y a veces cercado, y construido con materiales duraderos, ocupando una superficie reducida en el centro de una pequeña porción de tierra repartida entre los cabezas de familia, se convirtió en el marco de la vida campesina. El sentimiento de poseer intereses comunes cristalizó en torno a unos puntos de unión como el castillo, la iglesia rodeada del cementerio, la plaza pública y diversos lugares de convivencia como el molino, el lavadero o la herrería. Cada pueblo se identificaba con una parroquia, ya que la comunidad de fe y el culto de un santo patrón representaban la forma más inmediata de vida colectiva.

La iglesia: las herejías y la reforma

Al mostrarse la iglesia incapaz de responder a las angustias del año mil, algunos fieles se esforzaron en definir ellos mismos las exigencias evangélicas y mostrar el camino de la salvación. El inicio del siglo XI se vio marcado por la aparición de herejías que tuvieron muy pronto respuesta y así fue como la primera hoguera conocida en la historia occidental se encendió en Orleans en 1022.

La iglesia contra la magia. Castigo de Simón el Mago, hereje que no quiso comprar el poder de conferir el Espíritu Santo. Capitel de la catedral de Autun, siglo XII.

En Lorena y en Roma los focos de la reforma religiosa definieron la necesidad de la “libertad de la Iglesia”, fundada en la separación de lo temporal y de lo espiritual. Se operó una distinción radical entre la vida del clero y la de los laicos. Los clérigos se consagraban al celibato y a una vida basada en la pobreza y la vida en comunidad. A los laicos les estaba reservado el matrimonio, convertido en una institución definida por criterios rigurosos como la indisolubilidad. El papa extendió su poder a los asuntos temporales y afirmó su derecho a juzgar a todos los cristianos, incluido el emperador germánico, instaurándose de este modo una auténtica monarquía pontificia.

Un mundo en movimiento

El siglo XI fue en todos los campos una época de movimiento e innovación: de desórdenes y violencia, de arbitrariedad y servidumbre, pero también de iniciativas y progreso. Tras el temor y la espera del año mil, el hombre fue recuperando la confianza.

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