HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

Paul Klee en París

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Si la ironía es un signo de inteligencia, Paul Klee (Münchenbuchsee, 1879-Muralto, 1940) hizo gala de una exquisita agudeza a lo largo de toda su carrera. Sutil, reflexivo, extremadamente culto son algunos de los adjetivos que ayudan a entender la personalidad de uno de los grandes artistas del siglo XX a quien el Centro de Arte Moderno Georges Pompidou de París dedica ahora una retrospectiva, la primera en Francia desde 1969, que repasa su obra donde la sátira fue siempre un característico hilo conductor.

Abierta al público desde el pasado 6 de abril, la exposición permanecerá en el Pompidou hasta el 1 de agosto, en una muestra de 240 obras que intenta reconstruir un relato en torno a la figura del pintor alemán, nacido en Suiza en el seno de una familia de músicos. Una ínfima parte si tenemos en cuenta que la prolifera herencia artística que dejó el alemán asciende a más de 10.000 creaciones.

La comisaria de la exposición, Angela Lampe, ha trabajado durante tres años en su preparación, viajando con asiduidad a Berna (Suiza), donde se encuentra el Centro Paul Klee. Lampe explica el magnetismo de este desconocido pintor en Francia -precisamente por los años que han pasado sin exponer su obra- que tan solo en el día inaugural atrajo a casi 4.600 visitantes.

Es el placer que causa entrar en su universo, contemplar su obra, la inteligencia en los títulos y formas que hablan a todas las edades«, cuenta Lampe. «Las marionetas, la ilustración de figuras simples y geométricas, los pequeños hombrecillos que pintó y las marionetas que creó para su hijo hablan a los niños, pero la brillantez y sutilidad habla igualmente a los adultos, a los que le conocen y a los que no están formados en el arte».

Precisamente esta ironía que ahora reivindica el centro de arte, sería el arma de Klee para combatir los dogmas establecidos por sus contemporáneos, que estarían presentes en su trabajo desde sus primeros años en Múnich hasta el final de su vida, siempre marcada por una constante negativa en cuanto a la situación del arte a principios del siglo XX. «El ideal, en las artes plásticas, es completamente inactual […]. En cambio, he dado pasos hacia la sátira […]. Y, en definitiva, puede que de ahí salga algo interesante», dejo escrito el suizo en uno de sus diarios.

Durante sus estudios en Berna, a principios del siglo pasado, Klee siguió clases de desnudo que adaptó a su propia visión en una serie de deformaciones grotescas de la anatomía humana como El héroe alado (1905) y otros dibujos de pequeño formato, realizados a lápiz y acuarelas, que se exponen en la primera sala de la exposición. Una respuesta, quizá, al idealismo que reinaba en las escuelas sobre la pintura clásica, siempre un punto de referencia a imitar por los alumnos que él no quiso asumir.

Klee descubriría el cubismo en Múnich en 1911 y más tarde en París, que realizaría con un estilo infantil con el que bromeaba sobre lo que en su opinión era una interpretación «desprovista de vitalidad» de los cuerpos. Fue en esta época también cuando el artista conocería a Picasso, en su taller de París, con quien descubre el surrealismo del malagueño que jugaba en sus enormes cuadros con figuras de mujeres que moldeaba a su gusto, una visión que influenciaría a Klee.

El encuentro volvía a producirse 25 años más tarde, esta vez en la casa del suizo en Berna, donde, según cuentan, la tensión entre ambos se palpaba en el aire fruto de la enorme admiración aunque también crítica que ambos se procesaban. La belle jardinière (1939), pone en evidencia la enorme influencia que el trabajo de Picasso tuvo para Klee.

María Valderrama | Vía El Mundo

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