HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

La consideración social del artista en el Quattrocento

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Como hombres de su tiempo, imbuidos de prejuicios sociales, los mecenas siguen considerando a los artistas como gente inferior a los humanistas y a los letrados. No pueden pasar por alto el hecho de que los pintores y los escultores proceden de la masa de los carentes de título y fortuna. Andrea del Castagno y Benozzo Gozzoli son de origen campesino; el padre de Ucello era barbero; el de Filippo Lippi, carnicero; Mantegna, de un carpintero; Casimo Tura, de un zapatero. Sabiendo escasamente leer y escribir, salieron de la escuela a los siete u ocho años. Entonces, proveyéndolos de un hatillo que contenía sus pobres ropillas, su madre los llevó al taller de un maestro donde habrían de pasar varios años. Obligados a barrer, a encender el fuego y a hacer toda clase de recados y menudencias, han recibido, a cambio, una enseñanza profesional. Poco a poco, se les ha iniciado en los secretos del oficio, cuyo conocimiento se reservaban celosamente los maestros, quienes no lo comunicaban a sus discípulos sino de una manera gradual. De aprendices, pasador a colaboradores u oficiales, y, tras un periodo de doce años, han llegado a ser, por fin, maestros ellos mismos.

Andrea del Castagno, Madonna Di Casa Pazzi [detalle]

Ni siquiera una vez lograda la maestría cambiará su condición social. Nunca dejarán de ser unos artesanos. Por otra parte, no tienen ninguna vanidad como autores, firman en raras ocasiones sus cuadros y apenas trabajan por darse a conocer. Sus obras las hacen a menudo en común; y no es raro que colaboren en una misma pintura una docena de ayudantes, contentándose el maestro con realizar las partes más difíciles. Aceptan, sin titubeos, los trabajos más humildes: Botticelli y Gentile Bellini iluminan estandartes de cofradías; Ghirlandaio adorna cestillos; Pollaiuolo fabrica dijes; otros pintan muebles, marcos para cuadros… Para tener una imagen exacta de lo que eran los artistas del Quattrocento, “hay que evocarlos, no en un taller espléndido, sino en un reducido y sórdido tenducho, donde viven en medio de sus utensilios y de sus muchachos y rodeados de cubetas y frascos. Vístense de cualquier manera, es decir, como Dios les da a entender, con blusón, mandil, calzas… Donatello, que nunca se acuerda de llevar una hermosa capa de paño bermejo que le ha regalado Cosme de Médici, guarda su dinero en una esportilla colgada de una viga […]” (Monnier, Le Quattrocento, 1901). De aquí que los burgueses desprecien a estas gentes, cuyo trabajo sigue siendo, a sus ojos, una labor manual. Hasta sus mecenas los tratan, casi siempre, un poco como a criados, los hacen comer en el tinelo, los confunden, como Nicolás V, aun en el mismo libro de cuentas, con los albañiles, los empedradores y los carreteros. Son menos pagados que los poetas y los eruditos bien recibidos en la Corte; menos que los médicos y, con frecuencia, menos que los simples braceros. Su salario mensual pocas veces pasa de siete u ocho florines, incluida, a veces, la manutención.

Antonio del Pollaiuolo, Retrato de una dama [detalle]

En consecuencia, aun cuando consigan la gloria, no suelen salir de pobres en toda su vida, como lo testimonian sus quejosas declaraciones de impuestos sobre el capital. Son muchos los que mueren en la miseria. Solo en el siguiente siglo concederán los nobles, los prelados y los burgueses la misma consideración a los pintores y a los escultores que a los hombres de letras.

Elie – Charles Flamand. Historia General de la Pintura, Aguilar, 1969.
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