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Apuntes de Fundamentos del Arte: La pintura barroca en los Países Bajos

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Los Países Bajos, que habían gozado de una cultura común, quedan divididos tras la Reforma en dos territorios con carácter distinto: Flandes y Holanda, dando lugar durante el siglo XVII a dos modos de pintura totalmente distintos.

Flandes, bajo el dominio español, es católico, con un enorme peso de la nobleza. Abundan los temas religiosos en grandes lienzos para las iglesias, con la vida de los santos y la exaltación de los sacramentos. La corte y la nobleza se interesan por la mitología para la decoración de sus palacios, insistiendo en los elementos de sensualidad; por otro lado, intentan dar una imagen solemne al representado.

En Holanda, república burguesa y protestante, desaparece la pintura de iglesia y los lienzos religiosos se tornan pequeños, para ser contemplados en las casa; la temática versa sobre temas bíblicos del Antiguo Testamento. La mitología pierde importancia y el retrato se convierte en el tema más importante, tomando un carácter privado. Se practica el retrato individual y colectivo, retratos de comunidades gremiales, donde sus dirigentes pretendían hacer ostentación pública de sus cargos. Otros temas representados son el paisaje puro, los interiores burgueses y los bodegones.

En Flandes, la personalidad más significativa es, sin lugar a dudas, Pedro Pablo Rubens (1577-1640). Su aprendizaje lo verificó junto a maestros romanistas, lo que explica la exagerada corpulencia de sus figuras. De joven viajó por Italia, interesándose en especial por la mitología y aprendiendo todo lo relacionado con los grandes genios de la pintura: los estudios anatómicos de Miguel Ángel, los sistemas compositivos boloñeses, el cálido colorido veneciano y la iluminación caravaggiesca, de la que toma en parte su tenebrismo.

Su pintura, sin grandes variaciones, diseña el ritmo de la curva, basada en la serpentina; por otro lado, sus estructuras diagonales y el ágil dinamismo de sus figuras, hacen de este autor el pintor barroco por excelencia.

El desnudo femenino será su favorito, pero de carnes blandas y grasientas, lo que no restará sensualidad a sus creaciones. Rubens fue un extraordinario virtuoso del dominio técnico, sin embargo, no supo ahondar en rigurosos estudios psicológicos, en la profundidad del carácter de sus figuras; sus personajes tan solo nos muestran la superficial apariencia de sus físicos. El artista contó con un numeroso taller, hecho que le permitió pintar más de mil obras.

Rubens. El descendimiento de la Catedral de Amberes

Trabajó el tema religioso, como podemos verlo en El descendimiento de la Catedral de Amberes (1612). Forma parte de un tríptico. Resulta una pintura de gran aparatosidad barroca concebida sobre una gran diagonal de claridad, formada por la figura de Cristo, semienvuelta en un paño blanco. Obra de personajes inestables, casi manieristas, se vale del recurso del rojo, colocado en primer plano en la túnica de San Juan, para atraer la atención hacia la escena principal, resaltando entre el conjunto opaco de los asistentes y, muy especialmente, sobre el oscuro e impenetrable fondo, reminiscencia del tenebrismo. No obstante, la oscuridad coadyuva a la intensidad dramática del momento, potenciada por la retórica gestual de los personajes, que expresan su sentimiento de dolor.

Rubens. Las Tres Gracias

Sin embargo, su género favorito fue el mitológico, entre cuyas singulares obras podemos destacar El rapto de Proserpina (1636) o Las Tres Gracias (1639), ambas en el Museo del Prado. Las Tres Gracias se llamaban Eufrosine, Talía y Anglae y eran hijas de Zeus y Eurymone. Siempre aparecen desnudas ya que la belleza no necesita cubrirse. Son las representaciones de la afabilidad, la simpatía y la delicadeza. El asunto y la manera de tratarlo se remontan al arte clásico pero fue Rafael, en el Renacimiento, quien lo recobró. Rubens mantiene la composición del italiano, pero cambia la relación entre las tres figuras que están conectadas entre sí a través de los brazos, el velo y sus miradas, es decir, psicológicamente, dando así nueva unidad al grupo. También ha cambiado el canon de belleza, empleando el típico de sus pinturas, con mujeres entradas en carnes pero proporcionadas, elegantes. La sensación de movimiento y gracia que irradian las tres jóvenes es excelente, obteniendo el efecto de invitar al espectador a integrarse a la escena.

En Holanda, la pintura posee un carácter marcadamente nacional y se sostiene por los encargos de la burguesía. Su figura más eminente es Rembrandt van Rijn (1606-1669), pintor versátil en la temática, que trata todos los géneros: paisaje, interiores, retrato, religioso y mitológico. Autor virtuoso en la representación de las calidades de los materiales, gusta de incidir en el brillo y en la textura de los objetos.

Rembrandt. Autorretrato (1634).

Su pincelada es suelta en las obras que trata con libertad, como su Autorretrato (1634) o la Mujer bañándose (1655), pero se torna más fina cuando trabaja sobre encargos. En esta línea, posee el autor sus más preciadas creaciones. En La ronda de noche (1642) transforma la típica y estática representación colectiva de una comunidad, para crear una escena de calle basándose en los retratos de los componentes del gremio, con lo cual se la dota de un inusitado dinamismo, poco común en este tipo de género. La interpretación del ambiente festivo y el interés por la plasmación de las calidades de los materiales elevan, por último, esta tela a su merecida fama.

Rembrandt. La ronda de noche.

Otra de sus principales obras es La lección de anatomía del Profesor Tulp (1632). Excelente retrato de grupo encargado en 1632 por el doctor Nicolaes Tulp, en el que aparece representada una lección pública de anatomía, costumbre habitual en aquellas fechas para demostrar la sabiduría de Dios al crear al hombre. Vemos al doctor Tulp con su sombrero, reflejo de su cargo, con unas pinzas en la mano derecha, mostrando a sus alumnos la disección de un brazo, los tendones y los músculos. El cuerpo del muerto en el que se realizan las prácticas es el de un conocido criminal ajusticiado; detrás de él se sitúan siete alumnos del doctor que escuchan atentamente la lección, destacando el realismo de las figuras a través de sus expresiones: sorpresa, entusiasmo, atención… Las miradas de cada una de las figuras hablan por sí solas y hacen que el espectador se sienta protagonista también de la escena y se integre en la lección, ampliando así el aula de Tulp a la sala donde se expone el cuadro. Las figuras apiñadas en torno al cadáver suponen una novedad, ya que en los retratos de grupo anteriores, se pintaba a las personas en fila; al colocarlas así, Rembrandt ofrece una mayor sensación de realismo.

Rembrandt. Lección de anatomía del Profesor Tulp

En el terreno de la pintura doméstica despunta la personalidad de Jan Vermeer van Delft (1632-1675). Sus obras reproducen interiores burgueses o describen diferentes trabajos ejecutados en casa; en ambos casos contando siempre con la presencia femenina. Cabe resaltar en todas sus obras la reproducción del ambiente lumínico reinante en un clima permanentemente nublado; no obstante, sus habitaciones resultan inundadas por una atmósfera clara y envolvente que modela sólidamente las figuras, definiendo su volumetría. Entre sus obras destaca Joven de la perla (1665). En la producción de Vermeer existen cuatro obras en las que apenas existen alusiones narrativas, lo que indica que podría tratarse de retratos. La ubicación de la modelo en un primer plano refuerza esta hipótesis, aunque por desgracia desconocemos los nombres de las modelos. La bella muchacha recorta su busto de perfil ante un oscuro fondo neutro, girando la cabeza en tres cuartos para dirigir su intensa mirada hacia el espectador. Su boca se abre ligeramente, como si deseara hablar, dotando así de mayor realismo a la composición, recordando obras de Tiziano, Tintoretto, Rembrandt o Rubens. La atractiva y cautivadora joven viste una chaqueta de tonalidades pardas y amarillentas en la que sobresale el cuello blanco de la camisa, cubriendo su cabeza con un turbante azul del que cae un paño de intenso color amarillo, creando un contraste cromático de gran belleza. La gran perla que le ha dado nombre adorna su oreja, recogiendo el brillante reflejo de la luz que ilumina su rostro, recordando a Caravaggio al interesarse por los potentes contrastes lumínicos. En el fondo oscuro, la figura de la joven destaca como un fondo de luz y de pintura, o mejor dicho, de pintura hecha luz. Pintura y luz en los ojos y en la perla, en el blanco del cuello de la camisa, en los entreabiertos labios.

Vermeer. Joven de la perla.

Otra de sus obras más conocidas es La lechera (1658), donde Vermeer nos presenta a la mujer concentrada en su quehacer, con la mirada baja como símbolo de humildad, vertiendo la leche en un cuenco con dos asas. La escena se desarrolla en una sobria estancia con paredes grisáceas en la que destacan los clavos, los agujeros o las grietas de una morada humilde. Sobre la mesa, encontramos un cesto con pan y algunos panecillos fuera de él, lo que para algunos expertos se interpreta como una alusión a la eucaristía, mientras que la leche sería el símbolo de la pureza.

Vermeer. La lechera.

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