HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

Comentario de las imágenes del tema 3 de Fundamentos del Arte: el Romanticismo

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Aquí os dejo tres de las cuatro imágenes que caen en el examen del tema 3: el Romanticismo. La cuarta, es decir, la Muerte de Sardanápalo de Delacroix, la tenemos ya comentada en los apuntes, que los puedes descargar en PDF AQUÍ. Gracias a Redondus por su trabajo 🙂

La Libertad guiando al pueblo

Eugene Delacroix. La Libertad guiando al pueblo (óleo, 260×325 cm), 1830. Museo del Louvre.

En julio de 1830, una agitación de tres días, la llamada Révolution de Juillet, derrocó la monarquía reaccionaria de Carlos X e instauró el régimen burgués de Luis Felipe, perteneciente a la rama Orléans de los Borbones. Por entonces, los mayores exponentes del Romanticismo francés, cuyas ideas habían sido originariamente legitimistas y conservadoras y afines por ello a los principios de la Restauración, se habían inclinado hacia la izquierda y el cambio de régimen contó con la adhesión del casi apolítico Delacroix. Las finalidades propagandísticas y el contenido retórico de esta pintura son evidentes: basta observar el juego violento de luces y sombras y detenerse en la elección simbólica de los personajes –un chiquillo, un burgués, un obrero- que rodean la figura de la Libertad.

En el centro de la composición observamos a una mujer con su pecho desnudo, bayoneta en una mano y la bandera tricolor en la otra. Ella representa la libertad y lleva un gorro frigio, que era un símbolo de la libertad durante la revolución francesa. Las mujeres jugaron un papel destacado en la lucha en las calles de la Revolución de 1830. Esta libertad avanza hacia el espectador, al mismo tiempo que vuelve la cabeza para mirar y animar a aquellos que la siguen.Sin embargo, dicha finalidad y dicho contenido quedan ampliamente superados por la profunda sinceridad que manifiesta en sí misma toda la obra y debido a la cual todos los personajes, más que perder su función simbólica, la ejercen en forma absolutamente convincente y real. Pero esta Libertad también posee en su aspecto más propiamente pictórico, algunos elementos que le permiten acentuar el aspecto de arte moderno, y aludimos en este sentido a la falta de determinación del fondo. A primera vista, las reglas de la perspectiva clásica parecen correctamente aplicadas: detrás de las figuras del primer plano la multitud de los insurgentes aparece convenientemente confusa y, a la derecha, los palacios y las torres de Nuestra Señora resultan debidamente empequeñecidos por la distancia. Pero aquí, surge el problema: dichos palacios y torres aparecen envueltos en la misma nube que surge a espaldas de los protagonistas y que, sin duda, provocan las explosiones de pólvora del combate. Debido a la existencia de la nube, la distancia entre los insurgentes y los palacios del fondo no puede ser demasiado notable, con lo que las dimensiones de estos últimos resultan entonces anormalmente reducidas. En sustancia, la profundidad de la pintura resulta indeterminada y este efecto fue, sin duda, intentado por el maestro, en su deseo de confundir, en un conjunto épico, cielo y tierra.

El uso de la luz en la obra es algo muy importante ya que esta hace que la polvareda que ha quedado tras la batalla se difumine de tal forma que nos impida ver con claridad el grupo de figuras situados tras la Libertad. La luz colocada en el lugar correcto hace que se acentúe la magnitud de la batalla. Para los pintores románticos la luz era una obsesión. Aquí observamos cómo Delacroix deja claro el momento exacto del día en que se suceden los hechos.

La revolución es el tema central del cuadro, que se inserta en el contexto histórico de la Revolución de 1830, en Francia.

La balsa de la Medusa

Theodore Géricault. La balsa de la Medusa, 1819. Museo del Louvre.

De regreso a París en 1817, Géricault se interesó provechosamente por la litografía y ejecutó también esculturas con resultados dignos de atención. Sin embargo, al año siguiente, la narración de la odisea de la Medusa, publicada por dos náufragos que escaparon del desastre, le indujo a preparar para el Salón de 1819 un gran cuadro dedicado a dicha tragedia. Los hechos son conocidos: en 1816, la fragata Medusa se encaminaba hacia Senegal, para tomar de nuevo posesión de la colonia en virtud del Tratado de Viena. Ya a la vista de la costa senegalesa, el navío, por impericia del comandante, fue a chocar con un banco de arrecifes submarinos t se hundió lentamente. El estado mayor se puso a salvo en las lanchas, sin ni siquiera llegar a ocuparlas totalmente, y más de ciento cincuenta personas se embarcaron en una gran balsa que había de ser remolcada por las chalupas. Durante la primera noche de navegación, alguien cortó los cables de remolque y la balsa quedó a merced de las aguas. Cuando, al cabo de doce días, el Argos, la nave de socorro, pudo recoger a los supervivientes, sólo quedaban quince. La noticia de la tragedia provocó en Francia un escándalo enorme y el prestigio de la recién restaurada monarquía quedó bastante comprometido. Esto explica, en gran parte, la extraordinaria impresión producida por la pintura de Géricault, y que surgió, sin duda, más por motivos de actualidad que artísticos, pese a que los ambientes intelectuales también se impresionasen. El artista, en verdad, no había regateado esfuerzos: había interrogado personalmente a algunos de los protagonistas de la tragedia, se había hecho describir minuciosamente la balsa, no había dudado en efectuar estudios sobre cadáveres y había multiplicado los bocetos antes de dar vida a la obra definitiva que, por su trágica vehemencia, fue considerada como el manifiesto de la nueva escuela. A fin de cuentas, La balsa de la Medusa nos parece hoy inscrita entre una fantasía romántica y una tradición de clara filiación clasicista. Abandono, desesperación, esperanza, realismo… La Balsa de la Medusa es dinamismo y emoción, pues lo vemos tanto en el brazo en escorzo del personaje de la derecha como en los rostros y gestos de los supervivientes (las manos juntas del hombre con los cabellos peinados por el viento). Además, el hacha ensangrentada es clave para comprender que hubo escenas de canibalismo.

El artista deja claro que lo que a él le interesa es retratar en este caso “al pueblo”, pues éste escapa de la disciplina intelectual del momento y éste a su vez representa una mirada primera, ingenua y sin condicionamientos, una mirada que los románticos debían imitar. Por supuesto que esto se aplica para representar a las mujeres (las de la época) y a los niños. Por eso La Balsa de la Medusa causa rechazo, porque además de representar algo que el propio estado quiso esconder, también representa como protagonistas a seres humanos desconocidos, y eso era algo impensable para la alta sociedad de su tiempo, por mucha Revolución Francesa precedente. Por lo tanto, La Balsa de la Medusa es un homenaje, un tributo a los marineros, una bofetada con mucho arte a los gobernantes y gobernados.

La barca de Dante

Eugene Delacroix. La barca de Dante, 1822. Museo del Louvre.

En 1819, Géricault había expuesto su Balsa de la Medusa y dicha obra proporcionó a Delacroix el punto de partida para su primera obra destinada al Salón, La barca de Dante, que se expuso efectivamente en 1822 bajo el nombre de Dante y Virgilio atraviesan el río que rodea los muros del infierno. La obra provocó las reacciones esperadas en los ambientes académicos, pero aún más que la Balsa de Géricault. La obra de Delacroix está basada en el poema de época medieval La Divina Comedia de Dante Alighieri. Concretamente la obra de Delacroix representa el descenso al infierno y al purgatorio de Dante acompañado de Virgilio. La obra proporcionó al artista gran fama, fue presentada al Salón de la Pintura realizado aquel mismo año y el gobierno francés adquirió esta magnífica pieza, así Delacroix conseguía penetrar en los círculos artísticos imperantes con gran fuerza y garra. Su obra pretendía alejarse de los academicismos que hasta entonces se habían desarrollado en la escuela francesa ligada a los modelos de Jaques Louis David y después con su discípulo Ingres. En el centro de la composición aparecen Dante y Virgilio de pie sobre el bote que los trasporta al infierno a su alrededor, distintas figuras se torsionan en movimientos inverosímiles, el conjunto está completado por la figura de Caronte el guardián de la barca. La escena se desarrolla en la laguna Estigia la cual debe ser cruzada para llegar hasta el infierno, concretamente el escritor está representado en el Averno, lugar de sufrimiento eterno donde deben penar los coléricos. Al fondo podemos ver el infierno representado por la ciudad en llamas de Dite.

Dante aparece ataviado con una túnica blanca que se cubre con una capa verdosa y la cabeza tapada con una prenda roja. Su rostro muestra la repulsión al ver a los condenados, florentinos que pagan sus culpas con eternos sufrimientos, y en él podemos observar su mítica nariz aguileña. Virgilio por su parte está ataviado con una túnica marrón y en su cabeza porta una corona de laurel; el conjunto de la famosa barca está completado por la figura de Caronte quien trata de evitar que los condenados suban a la barca.

Es precisamente en estos hombres condenados en los que Delacroix muestra la gran maestría de su pintura. Son figuras angustiosas que se retuercen en grandes escorzos, están desnudos y su sufrimiento es claramente perceptible en sus rostros que en ocasiones –fijémonos en la figura que trata de acceder a la barca por la esquina derecha- están desfigurados. Las figuras muestran influencia de las obras de Rubens o del Juicio Final de Miguel Ángel, son personajes con gran musculatura, rostros expresivos y una fuerte carga dramática.

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