HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

Ramón Casas, un pintor ‘moderno’

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Hijo de un próspero comerciante azucarero, que había hecho fortuna en Cuba, y de una ama de casa vinculada al empresariado industrial, el pintor Ramón Casas nació rico y no encontró oposición familiar para dedicarse a la pintura. Estas dos condiciones no suelen acompañar al perfil tópico del artista bohemio. Casas fue bohemio por talante vital, pero siempre tuvo las espaldas cubiertas y siempre mantuvo buenas relaciones con la burguesía barcelonesa a la que retrató profusamente.

Cumplió, sin embargo, con el requisito indispensable del artista bohemio, viajar a París y formarse en la capital francesa. A los 15 años ya estaba estudiando en el taller de Carolus-Duran, pintor que se había educado en Madrid y que transmitió a Casas su fervor por Velázquez. El artista catalán residió en París o volvió a París y a sus salones pictóricos -donde alcanzó reconocimiento y honores- durante breves o largas temporadas a lo largo de toda su vida de inquieto viajero. Llegó a residir en la zona del Moulin de la Galette -en Caixaforum podemos ver un hermoso cuadro de un baile en tal lugar-, cuando su amistad con Santiago Rusiñol -que escribía artículos para La Vanguardia que Casas ilustraba- era ya muy firme.

Rusiñol y Casas, máximos representantes de la modernidad pictórica catalana, fueron íntimos amigos durante cinco décadas, pintaron juntos, viajaron juntos -en carro, inclusive, por Cataluña-, crearon revistas, compartieron los días y las noches de la taberna-galería Els Quatre Gats -que contribuyeron a fundar- y, sobre todo, expusieron juntos una docena de veces, siempre al lado de su amigo, el escultor Enric Clarasó, en la Sala Parés. Esas exposiciones, desde 1890, fueron la línea medular y el escaparate principal de la difusión y el prestigio de la obra de Ramón Casas. El muy conocido santo y seña de la decoración de Els Quatre Gats, Ramón Casas y Pere Romeu en un tándem (1897), puede verse junto a más de 140 obras del propio pintor y de otros que lo contextualizan en la exposición Ramón Casas, la modernidad anhelada de CaixaForum Madrid -también hay dibujos, carteles y fotografías-, muy insistente en la destacada faceta como retratista del artista barcelonés, que llegó a retratar -además de a muchos creadores e intelectuales españoles- al mismísimo rey Alfonso XIII.

Ramón casas y Pere Romeu (MNAC)

Otras dos personas fundamentales en la vida de Casas fueron el pintor Miquel Utrillo -no confundir con el también pintor Maurice Utrillo, su hijo-, con el que viajó a Londres y fundó la revista Pèl & Ploma, y el millonario Charles Deering, por el que se trasladó y trabajó en Estados Unidos y a quien motivó a conocer y adquirir propiedades en Cataluña. La fructífera relación de interés recíproco entre Deering y Casas estuvo a punto de malograrse cuando el norteamericano repudió a Utrillo y expulsó sus obras del Palacio Maricel de Sitges. Esta incidencia ocasionó, sin embargo, la ruptura entre Utrillo y Casas.

Con los carteles para Codorníu y Anís del Mono y los grandes lienzos de escenas masivas y urbanas como Garrote vil (1894) o Procesión del Corpus de la Iglesia de Santa María (1907) -falta el archipopular La carga (1899), con el inolvidable guardia civil a caballo reprimiendo a la multitud sable en ristre-, pasando por las escenas de tauromaquia o las mujeres con mantones de Manila y peineta, queda claro que, amén de multifacético, Casas -que viajó por varias regiones de España- no se separó demasiado de la tradición icónica, temática y cultural española, si exceptuamos su casi nulo interés por el asunto religioso.

Ramón Casas, Garrote Vil

No quisiera meterme en jardines para salir trompicado, pero desde una mirada de hoy -de hoy, repito- no se percibe tan claramente la modernidad de Casas ni -a diferencia de lo que sucede con el arquitectónico o el decorativo- del modernismo pictórico catalán.

La etiqueta de la modernidad se nos aparece -hoy- en parte vacía del contenido que, por distintos motivos -y no es el menor su vinculación a la prensa, la publicidad y la industria-, pudo tener a comienzos del siglo XX, como si fuera una etiqueta para pintores de un postimpresionismo muy tardío que, apuntando algunas formas y miradas nuevas, no eran susceptibles de inscripción bajo un etiquetado específico y diferenciado. Dicho de otro modo, cuando Casas -y eso vale también para Joaquín Sorolla– desarrolló el tercio decisivo de su carrera, estaban surgiendo el cubismo, el futurismo, el expresionismo y, al fin, el surrealismo. El que resultó moderno, moderno de verdad, fue Picasso, que también pasó por Els Quatre Gats, aunque era, claro, 15 años más joven que Casas. En fin, el concepto de modernidad -ya estoy arrepentido de haber pisado este charco- siempre es un lío.

Ramón Casas, Julia en granate

Modernas o no, desnudas o vestidas, niñas o adultas, familiares o anónimas, en interiores o en exteriores, en el baño o en el café, cosan o lean, se llamen ElisaMadeleineCarmencita Júlia, las mujeres pintadas por Ramón Casas son lo que prefiero de su obra. En CaixaForum Madrid hay, entre otros, tres magníficos retratos o escenas de mujeres: Joven decadente (Después del baile) (1899), Julia en granate (1906) y La sargantain (1907). Ahí sí que asoma, frontal y desinhibida, una actitud moderna.

La modelo de los dos últimos cuadros citados es Júlia Peraire, una vendedora de lotería de la Plaza de Cataluña, de la que Casas se quedó literalmente colgado cuando la conoció en 1906. Ella tenía 18 años; él, 40. Se hicieron amantes, ante el pasmo de la familia del pintor y de sus amistades burguesas, Júlia fue su modelo, y no se casaron, en la parroquia de la Bonanova, hasta 1922.

Diez años después, a los 66, murió Ramón Casas -fumador de pipa, bebedor de ron, degustador de pasteles-, que nunca había estado muy boyante de salud debido a una tuberculosis de su infancia. Estaba muy apenado, pues sólo ocho meses antes había muerto su gran amigo, Santiago Rusiñol, que tantos problemas había tenido con la morfina.

Manuel Hidalgo | Vía El Mundo

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