HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

Comentario: El Gran Masturbador (Dalí, 1929)

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Este lienzo es una de las primeras obras claramente surrealistas de Dalí. Las influencias del movimiento surrealista y de las teorías psicoanalíticas de Freud, la evocación de su reciente encuentro con Gala, sus tendencias autoeróticas y las alusiones a su infancia se aúnan en esta obra llena de simbolismo.

Descripción y comentario

Nos encontramos ante un cuadro complejo y simbólico en el que destaca una gran masa amarilla en forma de cabeza invertida de la que sale el rostro de una mujer que se acerca a unos genitales masculinos. Junto a ello podemos ver diferentes elementos que aparecen en la composición como una cabeza de león, un saltamontes, una pareja abrazada, un lirio o un enjambre de hormigas.

En cuanto a la técnica, estamos ante una obra ejecutada en óleo sobre lienzo donde predomina el dibujo y la curva frente a la línea recta. Junto a ello, hemos de destacar el uso del color y la magistral combinación entre fríos y cálidos. Por otro lado, la luz es francamente irreal, lo que da un aspecto onírico o de ensueño al cuadro.

Las figuras representadas son muy diferentes entre sí. Mientras que la mujer, de líneas ondulantes, se relaciona con el prototipo de mujer modernista, el hombre al que se acerca parece más una escultura, es algo frío, pétreo. Por otro lado, las pequeñas figuras que aparecen debajo se asemejan a maniquíes.

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El autor distribuye los elementos en un espacio dividido en dos mitades desiguales: la inferior representa una playa, y la superior, claramente, el cielo.

En la parte central del cuadro se halla una cabeza gigante, con un ojo cerrado y una prominente nariz apoyada en el sueño. En el lugar de la ausente boca, se adhiere un saltamontes de grandes dimensiones con el vientre plagado de hormigas.

Otros detalles dotan de singularidad a la cabeza: las plumas de colores que surgen a la manera de pestañas, las piedras que se alzan sobre la testa y el anzuelo que se aferra a sus escasos cabellos.

A la altura del hipotético cuello, surge una cabeza de león con una promitente lengua. Más arriba, una mujer arrima la cara a los genitales de un varón.

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En la playa se observan dos grupos humanos: en la parte central, un hombre abraza a una roca con apariencia femenina; en la izquierda, un joven proyecta su sombra sobre dos diminutas figuras, un padre y su hijo.

Para ‘Rostro del Gran Masturbador’ -Visage du Grand Masturbateur- Dalí elige una roca del cabo de Creus -en la que cree reconocer su propio retrato- como elemento central de toda la composición, en la que se observa nítidamente la complejidad de su mente.

Desde niño, Dalí siente pánico del sexo, sobre todo al femenino, después de que su padre le enseñara unas fotografías de enfermedades venéreas para alejarle de los prostíbulos. Durante años, frena su impulso sexual desde la autocomplacencia y ve el sexo en pareja como algo repulsivo.

El pintor une aquí, bajo un mismo lienzo, todas sus obsesiones, fobias e inseguridades y juega a la distorsión de las proporciones, las sombras y las luces.

Hay saltamontes, que según él mismo explica en ‘La vida secreta de Salvador Dalí’ constituyen una de sus fobias desde la infancia. No por nada el insecto aparece succionando el rostro.

Hay una pareja abrazada, minúscula y al pie de la composición, que los expertos coinciden en señalar que se trata de los padres del pintor. Ella, petrificada, haciendo hincapié en que ya había muerto; él marchándose y con una sombra alargada, reflejo de la distancia que existe entre padre e hijo.

Hay un busto de mujer, femenina, sugerente, con los ojos cerrados y casi preparada para hacer una felación a la figura que se halla a su derecha.

Hay hormigas, que pronto se convierten en un icono recurrente de la obra de Dalí fruto de sus visitas al Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que tan cercano se encuentra de la Residencia de Estudiantes donde vivió. Podría representar la muerte, lo putrefacto. Por otro lado, el lirio podría simbolizar la pureza que, en este sentido, podría interpretarse como la masturbación como forma limpia de sexualidad.

Es precisamente esta obra una de las primeras pinturas de su época surrealista, que se basa en el mundo de los sueños y el subconsciente, y fue expuesta en la primera muestra que el pintor ofreció en París.

Identificación

Nos encontramos ante una obra llamada El Gran Masturbador o Rostro del Gran Masturbador realizada por el artista español Salvador Dalí en 1929 al óleo sobre lienzo y que se encuentra expuesto en el Museo Nacional Reina Sofía, en Madrid.

Esta obra emblemática de Salvador Dalí, es una de las primeras pinturas que se pueden adscribir propiamente a la época surrealista del artista.

Salvador Dalí pinta este óleo en el verano de 1929, en un momento crucial de su vida ya que acaba de volver de París, de rodar junto a Luis Buñuel ‘Un perro andaluz’. Allí ha conocido a distintos artistas e intelectuales, como el gran poeta Paul Éluard, que le visita en compañía de (la que después se convertirá en su esposa) Gala Éluard en Cadaqués.

Su encuentro con Elena Diákonova, nombre original de la que a partir de ese momento se convertirá en su gran musa, le cambia y da como fruto esta obra, símbolo por excelencia de sus obsesiones sexuales. Gala se niega a regresar a París con el que hasta ese momento era su marido y decide quedarse al lado de Dalí. Esta decisión cambiará el rumbo de la carrera del artista.

Juntos comparten el esfuerzo de construir el personaje creativo, síntesis de los dos, y, según los expertos, Gala le ayuda a superar la pérdida de sus dos familias: primero la biológica, de la que ha sido ‘expulsado’ por su padre; luego la artística, después de que André Bretón lo rechazara en el movimiento surrealista.

El surrealismo, movimiento aparecido en Francia en 1924, influyó tanto en la literatura como en las artes plásticas, con una incidencia particularmente importante en la poesía y en la pintura. Heredero del dadaísmo, del que conserva el gusto por la provocación, el surrealismo también se puede considerar hijo espiritual del Romanticismo y el simbolismo, con los que comparte los valores, el lirismo, la nostalgia melancólica y la fe en la capacidad del arte para transformar el mundo. André Breton, padre de este movimiento y redactor del primer manifiesto surrealista (1924), propone el automatismo psíquico, mediante el cual se pretende expresar de palabra, por escrito o de cualquier otra forma, el funcionamiento real del pensamiento. El surrealismo se fundamenta en el mundo de los sueños y en el subconsciente, lo que lo vincula con el psicoanálisis de Sigmund Freud.

Salvador Dalí (1904-1989). Quizá el alma del grupo, y sin duda, el símbolo del surrealismo en la memoria común. Él mismo llega a decir: «el surrealismo soy yo». Dalí viaja por primera vez a París en 1926, coincidiendo con el máximo apogeo surrealista y se une al movimiento en 1929. Llega avalado por la colaboración con Buñuel en la película Un perro andaluz (1929), y por una serie de cuadros que son un auténtico medio liberador de ansiedades y traumas del artista.

Dalí, en consonancia con el grupo, crea imágenes oníricas, dotadas de gran poder de emoción a partir de un lenguaje figurativo, pero inventando relaciones y asociaciones insólitas de los objetos.

En esta etapa creará su método «paranoico-crítico» (que él mismo define como «un medio espontáneo de conocimiento irracional basado en la asociación interpretativo-crítica de los fenómenos delirantes»), que expresará en la relación paranoico = blando/crítico = duro. El método «paranoico-crítico» revela imágenes producidas no tanto por efecto del sueño como la búsqueda lúcida de fotografiar el propio sueño.

Dalí será expulsado del movimiento surrealista en 1934 por el propio Bretón, cansado de sus excentricidades, a pesar de que su llegada había revitalizado enormemente al grupo por la novedad de sus invenciones. Ya en los años cercanos a la Segunda Guerra Mundial el artista catalán ahondará más en las posibilidades de este método incorporando visiones personales y reminiscencias del modelado clásico como Premonición de la guerra civil o El Gran Masturbador (1929).

Función y significado

En cuanto a la función, nos encontramos ante una obra decorativa que fue expuesta la primera muestra personal que el pintor ofrece en París, en la galería Goemans, con el titulo Visage du grand masturbateur.

Su significado, por el contrario, es ciertamente complejo. Lo que parece claro es que nos encontramos ante un cuadro eminentemente autobiográfico: la gran cabeza del masturbador es una de las personificaciones del propio artista, que aparece en la pintura protagonizando varias escenas simultáneas, como reflejo de la transformación anímica y erótica que Dalí acababa de experimentar a causa de la aparición de Gala en su vida. Por otra parte, en esta inquietante composición, las fantasías dalinianas alcanzan su cénit, en especial por lo que respecta al motivo del saltamontes que succiona el cuerpo de la gran figura metamorfoseada, ya que, según refiere Dawn Ades, este insecto le aterrorizó siempre de forma especial, incluso ya desde los días de su infancia.

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