HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

Historia del Diseño Gráfico en España (I)

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He recibido algunos correos preguntándome por la historia del diseño en España. Bien es cierto que, salvando algunas excepciones, es muy complicado con los contenidos recogidos en la programación que tenemos que impartir llegar a estos temas, por lo que siempre se nos queda un poco descolgado. Pero por otro lado, es importante también conocer cuál fue nuestra aportación al mundo del diseño gráfico en el contexto europeo. Es por ello que, aún no sé si en dos o tres entregas, intentaré abordar este asunto aunque se trate de meros esbozos, pero que pueden ayudar al alumno o al lector a hacerse una idea de la historia del grafismo en nuestro país durante el siglo XX.

Introducción

¿Es posible escribir la historia del siglo XX de España sin la aportación del diseño gráfico? ¿Es posible hablar de modas, alimentos, deportes, revistas, obras de teatro, cine, toros, automóviles, electrodomésticos o grandes acontecimientos colectivos sin recurrir a la fuerza icónica de las imágenes? ¿Es posible referirnos a Anís del Mono, Netol, Maderas del Oriente, Nitrato de Chile, Norit, Lejía Conejo, Jabón Lagarto, ABC, El País, Curro o el Cobi del 92 sin que acudan a nuestra mente las imágenes que identifican a estos nombres?

Cartel publicitario de Freixenet, anónimo, 1920.

Tal como sucedió en las revistas y periódicos, en los que, en pocos años, vimos cómo la imagen (gráfica o fotográfica) iba tomando mayor preponderancia y que incluso los grandes modelos de la prensa internacional, como el Times o Le Monde, claudicaban ante el envite de la imagen y la ilustración, a estas alturas, a ningún editor se le ocurriría publicar un libro de Historia sin que la apoyatura ilustrativa hiciera referencia a la imagen gráfica de cada ciclo histórico, como tan abundantemente ocurrió en el pasado.

La historia del diseño y en general la de la comunicación gráfica va aliada en España, como en otros países, al proceso de industrialización, al desarrollo económico y a la elevación del nivel cultural. La peculiaridad española, respecto a los grandes países europeos, es la inconsistencia del proceso, ya que por causas políticas, económicas, bélicas o aislacionistas, España no pudo llevar el mismo ritmo que éstos, lo que dificultó nuestro recorrido, pero sin lograr desvincularlo de la aventura colectiva del occidente desarrollado. E incluso la perspectiva actual nos permite constatar que, a pesar de estas vicisitudes, el diseño gráfico español ha sido coprotagonista de los grandes momentos del diseño gráfico internacional.

Menú de Els Quatre Gats, Pablo Picasso, 1900.

Originariamente, la primera aproximación a esta disciplina la hicieron los pintores tradicionales. Después aparecieron los dibujantes publicitarios, que técnicamente trabajaban como artistas, pero que conceptualmente estaban al servicio de los dictados del mercado, y solamente más tarde, cuando la cultura de masas y los medios de comunicación se asentaron en la sociedad, aparecieron unos técnicos, los llamados grafistas, que pronto evolucionaron hacia el diseño y la comunicación visual. En muchas ocasiones estas denominaciones se solapan, porque a pesar de tener perfiles totalmente diferenciados, por formación, por vocación o por simple placer, la práctica del arte y la del diseño frecuentemente se interfieren. Sea como fuere, estos profesionales han sido los que han moldeado la historia socio-cultural que nos invade con un trabajo creativo que, aún envolviendo los escenarios de nuestra vida cotidiana, no había sido socialmente reconocido, por lo que tenía vetada la entrada en archivos, bibliotecas y museos, e incluso no se recogía en las grandes historias del Arte de nuestro país.

El punto de partida

A lo largo del siglo XX el denominado diseño gráfico nació, se consolidó y ha alcanzado la mayoría de edad. Sin embargo, los orígenes se remontan al segundo tercio del siglo XIX, cuando en plena revolución industrial, si implantó en España una industria de las artes gráficas que se abastecía en Alemania y Francia, que renovó la tradición tipográfica artesanal del siglo XVIII y la primera parte del XIX y permitió la expansión de la litografía, que más tarde se transformaría en el offset o huevo-offset. En el campo de las artes gráficas, el germen de este proceso de modernización debemos buscarlo en la litografía, método de estampación de matrices planas especialmente usado en la industria del cartel taurino.

Cartel taurino anunciando una corrida en Alicante, 1909.

Los creadores de estos carteles, impresos fundamentalmente en Sevilla y en Valencia, ampliaron sus tamaños, aumentaron el número de colores y trabajaron con una libertad que la tipografía no permitía. Y es que son precisamente los dibujantes litográficos los auténticos progenitores de la comunicación gráfica destinada a la sociedad, pues con el objetivo de multiplicar estos carteles de toros se desarrolló la industria litográfica que más tarde había de permitir la producción de otros carteles, libros ilustrados, semanarios satíricos y la publicación comercial de las incipientes industrias del momento (etiquetas, envoltorios, carteles, calendarios, catálogos, etc.).

El modernismo y los grandes pintores

El grafismo, tal como lo entendemos hoy, nació así con la euforia del cambio de siglo, cuando una sociedad cada vez menos rural y más urbana, que impulsaba el modelo consumista y que, en consecuencia, usaban los recursos de la comunicación, exigía carteles, rótulos, periódicos, revistas y libros en grandes cantidades. Fue así como algunos de los pintores más reputados de la época se incorporaron al cartelismo y a la publicidad. Ramón Casas, Alexandre de Riquer, Xavier Gosé y Josep Triadó, en Barcelona, y Joaquín Sorolla, Cecilio Pla o Carlos Ruano-Llopis, en Valencia, marcaron con sus realizaciones el paso de los pictórico a lo protopublicitario.

Ramón Casas, cartel para Anís del Mono, 1898.

Esta etapa es de gran importancia, por el impacto de su aparición y por la profusión de ediciones que posibilitó la litografía industrializada, que a su vez nos permiten constatar la penetración del Art Nouveau, que incidió en todos los campos de la gráfica, desde los exlibris y la tarjetería hasta los rótulos, las revistas, la bibliofilia y el cartelismo.

Noucentisme, Art Déco y otras iniciativas renovadoras

La irrupción de las vanguardias históricas por una parte y el retorno al orden que siguieron al Modernismo coincidió en Cataluña con el periodo de entreguerras, unos años eclécticos pero de renovación. El Noucentisme, de clara voluntad culturalizadora y europeísta, defendía la norma frente a la anarquía, lo arbitrario o lo excesivamente espontáneo. El Almanach dels Noucentistes (1911) es un ejemplo arquetípico de este ideario que había de inspirar toda la plástica del periodo, particularmente el cartelismo cívico-social y los cuadernos escolares de Obiols, Y que la recuperación y modernización de formas procedentes de la tradición mediterránea, representada por la ilustración, el cartelismo y los libros de Francescs d’A. Galí, Josep Obiols, Josep Aragay, Xavier Norgués o Apel·les·Mestres.

Portada del Almanach dels noucentistes, 1911.

La corriente del Art Déco que marcó los denominados “Felices 20”, aún siendo considerada de tono menor, ornamental y agradable, tuvo una gran incidencia, especialmente en el mundo del cartelismo, en el diseño de letras y números y en la rotulación de establecimientos y productos comerciales (de los que todavía subsisten algunos vestigios), aunque también incidió en la arquitectura y en las artes decorativas. La gráfica que caracteriza al Art Déco es de formas estilizadas y geométricas, está inspirada en motivos neoegipcios y usa predominantemente las diagonales, las franjas, la oposición blanco-negro, la reducción de los perfiles y las líneas simples.

Portada de Eduardo Benito para la revista Vogue, 1926.

A pesar de que el Art Déco se desarrolló básicamente en Francia y, posteriormente en Estados Unidos (hasta el crack de 1929), en España apareció, en principio, en la ilustración de revistas y carteles publicitarios. La obra de Lambarri o García Benito, para la revista francesa Vogue, y las de Roquetas o Emili Ferrer, para las revistas D’Ací i d’Allá, Clarar y El Hogar y la Moda, sin olvidar las aportaciones de Mundo Gráfico y Blanco y Negro (M. Ozores, A. Ballester, S. Bartolozzi, R. De Penagos…) son el mejor exponente entre nosotros de este estilo. En cuanto al cartelismo, son ejemplos significativos en la obra de Eduard Jener para los perfumes Myrurgia, la de Vilà para la Exposición Internacional de 1929, la de Félix Alonso para el Círculo de Bellas Artes y la de Federico Ribas para la perfumería Gal.

Ejemplar de la revista Gaceta de Arte (imagen de Pilar Carreño)

Dentro de una estética contenida, pero abierta a la renovación tipográfica europea, debemos mencionar otras revistas, estrechamente vinculadas a la cultura. Nos referimos a la Revista de Occidente (Madrid, 1923), Grecia (Sevilla 1918-20), Ultra (Oviedo, 1919-20), Tobogán (Madrid, 1924), Caballo Verde para la Poesía (Madrid, 1935) o Gaceta de Arte (Santa Cruz de Tenerife, 1933-36), claramente comprometidas con la modernidad, que abandonaron el diseño tradicional de la década anterior y optaron por una presentación de corte racionalista.

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