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La fiebre por las reliquias sagradas en la Edad Media

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En nuestro calendario festivo, noviembre es el mes con menos celebraciones, aunque se inicie con la Fiesta de Todos los Santos, dedicado a los familiares difuntos. Las religiones podrían surgir del miedo a la muerte, que se pretende difuminar creyendo en la vida de ultratumba. Tras la desintegración corporal, los difuntos no desaparecerán mientras se les recuerde. Al honrarlos se busca su protección, suponiéndoles habitar en el territorio de los espíritus. Conservar su memoria es requisito para perpetuar linajes y monarquías. El culto a los antepasados heroicos solía coexistir con el de dioses de nuevos grupos dominantes.

Comercio medieval de las reliquias

Como resalta el historiador eclesiástico Duchesne, la más antigua tradición festiva del cristianismo es una fiesta de carácter local registrada en 156 en Esmirna, en la que se honraba a los mártires. Las iglesias podían ser urbanas o cementeriales, estas últimas a menudo sobre tumbas de mártires y especialmente dedicadas a los oficios fúnebres. Se cuentan piadosas leyendas de algunos santos que, tras ser martirizados, eligieron por sí mismos el lugar en el que se les debía enterrar y rendir culto. A partir del siglo IV, se comenzaron a trasladar reliquias entre iglesias, extendiendo las respectivas fiestas. Pronto se asimilaron a estos sagrados restos los de ascetas como Simeón el estilita (muerto en 474, en décadas Roma estaba llena de recuerdos suyos) y el egipcio san Antón.

Relicario de San Anastasio procedente de Antioquía (s. X-XI). Catedral de Aquisgrán.

La devoción a las santas reliquias llevó a una picaresca mercantil con la que muchos desaprensivos se aprovechaban de los fieles ingenuos. Así, en 1134, Aymeric Picaud, al relatar su peregrinación desde Francia hasta Compostela, menciona como típicos personajes del Camino de Santiago esos “clérigos harapientos que venden dudosas indulgencias y reliquias rebajadas”.

Bustos relicarios en el Museo de Arte Sacro de Vitoria

Debieron llegar a tal punto los excesos, que en las Siete Partidas de Alfonso X (siglo XIII) se estipula que “algunos con engaño descubren sitios por los campos, en que dicen haber reliquias de santos milagrosos, moviendo así las gentes para que vengan a ellos como en romería para exigirles algo; y otros por vano antojo hacen altares en tales sitios; luego que lo sepa el obispo, los haga destruir, y no pidiendo porque el pueblo lo resista, debe amonestar a las gentes que no vayan en romería a aquellos lugares; lo cual se entienda, no hallándose en ellos ciertamente el cuerpo, o reliquias, de algún santo que allí hubiese morado, o padecido martirio” (Parte I, Título X, Artículo 10).

Relicario del Lignum Crucis del Monasterio de santo Toribio en Liébana

A pesar de esta ley, a fines de la Edad Media no había convento o basílica que no atesorase su colección, destacando las reliquias ibéricas del Santo Grial (o Cáliz de la Cena) en Valencia; la Santa Faz, pliegue del lienzo de la Verónica en Jaén (hay otro en Roma y reclama Alicante un tercero), y 63 centímetros de Lignum Crucis en Liébana. En cuanto a clavos de la crucifixión, son tantos que se les atribuye la virtud de “milagrosa multiplicación”.

Proliferación y control

Extravagantes reliquias veneradas fueron el pañal de Jesús en Aquisgrán, sus tres santos prepucios (uno en Burgos), las incontables piedras que David lanzó contra Goliat y trozos del maná de Moisés, la mandíbula del asno esgrimida por Caín. Fueron tales los excesos en el culto a las reliquias, que Calvino lo criticó con vehemencia. En respuesta, el Concilio de Trento en 1562 dictaminó desterrar “la superstición en la veneración de las reliquias”.

En cuanto a los trozos corporales, se llegó a extremos como que en un hospital de Granada se venerase el cancro (úlcera) de santa Úrsula, por lo que en 1628 la Romana Congregación de Ritos, decretó que se tuvieran por reliquias insignes tan solo a “la cabeza, brazo, pierna y lugares del cuerpo en que padecieron especialmente los mártires”.

Reliquia del cráneo de San Lucas en Praga (República Checa)

La fuerza moral que aportaba una reliquia sagrada explica las políticas destructivas llevadas a cabo por los enemigos, como la emprendida por Almanzor en sus razzias, saqueando por igual los sepulcros de Santiago y los de san Millán, que se disputaban el patronazgo celestial de los castellanos. Cuando los árabes conquistaron Hispania, fueron muchos los venerados restos ocultados para protegerlos. Este ocultamiento y posterior hallazgo de santos huesos e imágenes llegó a ser tan habitual, que propiciaría un género teatral en el Siglo de Oro.

Hoy día, equivalente a tales reliquias serían las piedras lunares y trozos del muro de Berlín esparcidos por occidente.

Artículo de Demetrio E. Brisset publicado en La Aventura de la Historia 217, noviembre de 2016.

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