HISTORIA, ARTE Y DISEÑO PARA ESCUELAS DE ARTE

La obra maestra que Picasso ocultó durante 10 años

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Directamente, sin vitrina ni cristal, Las señoritas de Aviñón ofrecen sexo; pero no tabaco. Picasso, erotómano y nicotínico, consumía con avidez ambos excitantes. Fumaba mucho, al principio en pipa; luego, y hasta su muerte, cigarrillos Gauloises; por la mañana padecía la tos del fumador. Era aprensivo y confundió los efectos del tabaquismo con la tuberculosis. Creía que iba a morir muy joven y vivía aterrorizado. Cuando el médico le dijo que tenía la salud de un toro, el artista no lo creyó y adoptó una dieta sobria: agua mineral en lugar de aperitivos; pero nunca dejó de fumar. Sobre todo si estaba ansioso, como a principios de 1907, cuando el desamor asolaba la vida en pareja de Pablo Picasso y Fernande Olivier. Su corazón era un erial sombrío; su cabeza, un saco de gatos. La inminencia de esa ruptura coincidió con el abandono de su complaciente etapa rosa y, durante seis meses, dejó los pinceles para dibujar compulsivamente, como en un exorcismo de la rabia que le corroía los adentros.

Picasso. Retrato de Fernande Olivier, 1906.

Abocetaba con frenesí lascivas figuras femeninas desnudas y reducía a humo un cigarrillo tras otro, como un sucedáneo de su oscura obsesión: incendiar el pasado del arte. Tras una larga fermentación, en julio de 1907, presentó a algunos amigos un óleo provocador y despiadado. Aún no tenía título pero, 13 años después, el crítico André Salmon le daría un nombre definitivo y socarrón: Las señoritas de Aviñón eran cinco putas grotescas en posturas imposibles que, con descarada impudicia, exhibían ante el espectador su carne de cañón y derogaban con un zarpazo bestial todos los mandamientos del arte de la pintura. ¿Quiénes eran esas mujeres procaces? Sólo el eco desvaído del recuerdo de algunas mujeres reales que, por capricho o por dinero, se entregaron al artista adolescente en la Barcelona del cruce de siglos. No pintó sur le motif, sino que las inventó de los pies a la coronilla y a tres de ellas las enmascaró con caretas africanas, ibéricas, primitivas. Muchos años después, conversando con el marchante Khanweiler, le dijo Picasso que una de las mujeres era la abuela de Max Jacob; otra, su pareja de entonces, Fernande Olivier; una tercera, Marie Laurencin, pintora y amante de Apollinaire. Una broma, claro.

Boceto para las Señoritas de Avignon

El artista tenía 26 años, llevaba tres instalado con Fernande Olivier en el Bateau Lavoir, su taller sucio y maloliente en la colina de Montmartre. Gertrude Stein, poetisa y escritora estadounidense instalada en París, lo comparaba con un pequeño Napoleón, seguido por sus fieles granaderos. También habla del «matador al frente de su cuadrilla». En las veladas del Bateau Lavoir se consumía hachís, Picasso alucinaba y lamentaba estar en un callejón sin salida, condenado una y otra vez a pintar siempre lo mismo. Se le quitaron las ganas de colocarse cuando los atrabiliarios habitantes del Bateau Lavoir encontraron a un pobre pintor alemán llamado Wiegels ahorcado de una viga de su estudio. Picasso decidió interrumpir sus excursiones por la periferia del infierno para no engrosar la lista de los artistas muertos y seguir nutriéndose de la alegría de vivir. Así concibió Las señoritas…: una escena costumbrista que evocaba a las rabizas del burdel del Carrer d´Avinyó que él había frecuentado en Barcelona. De hecho, el primer título que tuvo el cuadro fue El burdel d´Avinyó.

Las Señoritas de Avignon, Picasso (1907). MoMA, NY.

En su época de bohemia en el cabaré barcelonés Els Quatre Gats, Picasso había leído a Nietzsche, citaba su doctrina acerca de que «tenemos el arte a fin de que la verdad no nos mate». La verdad es que el malagueño estaba triste porque ya no le imantaban los besos y la carne de Fernande. Sabía de la fugacidad del deseo y tal vez no ignorara que Freud acababa de desvelar lo que se ocultaba tras la irrisoria sublimidad del instinto. No es temerario suponer que sabía, también, que Einstein había puesto a punto la teoría de la relatividad, o que el filósofo francés Bergson acababa de publicar La evolución creadora. Lo cierto es que un hilo invisible vinculaba su último cuadro a esos oscuros destellos del alma humana, de las leyes del Universo y de la evolución de las especies: era el resentimiento ante la pérdida inevitable de un universo mágico, de un mundo poblado de dioses improbables y de hermosas supersticiones. Si el hombre había perdido su centro, el arte tendría que reflejar esa catástrofe. Y los centenares de dibujos y pinturas preparatorias que Picasso produjo durante los seis meses de gestación de Las señoritas son un prólogo sin precedentes en la historia del Arte. Nunca nadie antes en ningún lugar se había aplicado tanto a gestar un solo cuadro. Picasso, en 5,7 metros cuadrados de lienzo, borró 500 años de tradición occidental de la perspectiva, saltó al vacío y perpetró la imagen más irreverente, esperpéntica y abrupta que jamás colgara de las paredes de un museo.

Las Señoritas de Avignon [detalles]

Críticas destructivas. Pero las reacciones del escaso grupo de amigos que asistió a su desvelamiento fueron descorazonadoras. Las contó, en 1933, Fernande Olivier en el libro Picasso y sus amigos. Invariablemente, todos experimentaron algo parecido a la compasión, creían que Picasso se había vuelto loco, que acabaría suicidándose, que se burlaba del arte moderno. Matisse le retiró el saludo de por vida, Braque dijo que «nos quiere dar a beber queroseno después de llenarnos la boca de estopa». Para Leo Stein era «pura y simple basura», para Vauxcelles, «presuntuosa impotencia e ignorancia complacida». Sergei Schukine, hombre sobrio, vegetariano e inmensamente rico, que compraría no menos de 50 picassos, meneó la cabeza y dijo: «Qué pérdida para el arte francés». Otros hablaron de terrorismo. Y eso que eran espíritus vanguardistas, irreverentes libertarios que no se dejaban escandalizar por cualquier cosa.

Boceto, 1907

La bomba de Picasso no había estallado, pero contaba con un preciso mecanismo de retardo que, en sucesivas explosiones, reduciría el pasado a escombros, clausuraría el postimpresionismo e inauguraría el porvenir. Aquella profanación bárbara, fea y sucia se convirtió en un icono universal, pero ni mucho menos de un día para otro. Tuvieron que pasar 30 años para que los críticos vieran en aquellas putas deformes el coro de ángeles que anunciaban el advenimiento de una belleza inédita y convulsa.

Cartel de la exposición del Cubismo en 1953

Tras el fiasco, Picasso dejó el lienzo en el taller y 10 años más tarde incluso le quitó el bastidor, lo preparó, lo reforzó, lo enrolló y lo guardó en un rincón. El cuadro no fue expuesto hasta 1916, en el Salón D´Antin, y no fue vendido hasta 1921. Lo adquirió por una cantidad irrisoria el modista Jacques Doucet, un alma bella que se había hecho millonario vistiendo a Sarah Bernhardt, la Bella Otero, Liane de Pougy y otras mujeres de mundo. Las señoritas, con un ostentoso marco diseñado por Legrain, decoró durante 10 años el suntuoso apartamento del modisto en Neully (el Neguri parisino), junto a las puertas de Lalique y la cinematográfica escalera de Csaky. En 1925 permitió su exposición en el Petit Palais, allí lo vio el capo surrealista André Breton que, impresionado, habló de brecha y de revolución. Fue el principio del creciente prestigio de una obra hasta entonces humillada y ofendida.

Cuando murió Doucet, el cuadro lo adquirió, por 150.000 francos, el galerista Germain Seligman, que lo llevó a los Estados Unidos. Desde 1939 es propiedad del MoMA neoyorquino, que desembolsó 28.000 dólares por su adquisición. Su director, Alfred H. Barr, veía en la obra una bárbara intensidad y una violencia expresionista que le hacía anticipar lo surreal. Como una granada madura, contenía en sus colores –ocres, rosas, azules y blancos–, en sus formas –angulosas y desquiciadas– y en su composición –plana– el germen del cubismo, del expresionismo y del surrealismo. No era, pues, un feto, como creyeron sus primeros espectadores, sino una simiente de prodigioso poder genésico. Era la obra fundacional del arte moderno. En ella, la cultura del siglo XX exhalaba sus primeros vagidos.

Desde entonces no ha dejado de generar interpretaciones. ¿Qué quiso significar Picasso con esas cinco putas de rasgos como cuchillos, ese imposible ejercicio de sensualidad sin curvas, ese primitivismo zafio? Hay una primera explicación psicoanalítica, el artista tenía fobias y una de ellas, desde los 18 años, era el miedo a la sífilis. Algunos críticos han asociado la imagen deforme de los rostros de las mujeres sifilíticas con los rostros de Las señoritas. Pero las descarnaciones de las enfermas de sífilis nada tienen que ver con esa orgía de ángulos del lienzo.

Boceto con el estudiante y el marinero

En los primeros bocetos aparecían un marinero y un estudiante de Medicina rodeados de mujeres desnudas. Había intención moralizante: el estudiante con un libro (o una calavera) en la mano componía una figura melancólica en el huerto cerrado del pecado, incluso se pensó que podría encarnar a su amigo Casagemas, que se descerrajó un tiro por las penas del amor. En la versión final, Picasso elimina esas figuras masculinas y recrea un tema recurrente en la pintura: las diosas desnudas, las escenas de lupanar, las bañistas; pero, sobre todo, Picasso quería competir con el Matisse de La alegría de vivir; quería, también, desafiar a Cézanne y a Gauguin, que recurrían a metáforas melosamente almibaradas mientras en él fermentaba la voluntad nihilista de destruir lo real. Había declarado que la pintura no era un arte destinado a producir placer, le irritaba que Matisse pensara que era un tranquilizante mental. El malagueño era guerrero, postulaba que «la pintura es un medio de hacer la guerra, ofensiva y defensiva, contra el enemigo». La idea que Picasso tenía de la belleza no era esa dulzura que tiene asiento en Disneylandia, mejor la fetidez; de hecho, amenazó con poner excremento de perro en una tela y enmarcarla.

PIcasso, autorretrato (1907)

Las interpretaciones de este cuadro han sido tantas que, como en una habitación de espejos, se replican hasta la náusea y entierran el óleo en un vendaval de palabras. Picasso aborrecía estas lecturas de su obra, gritaba irritado: «Todos se empeñan en comprender el arte. ¿Por qué no intentan comprender el canto de los pájaros?, ¿por qué nos gusta la noche, las flores, lo que nos rodea, sin que intentemos comprenderlo?».

Gonzalo Ugidos | Vía El Mundo (2007)

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